
¿Porqué te molesta mi palabra?
¿Qué motivo hay para que quieras apagar mi canto?
¿Porqué te asusta la posibilidad de que piense?
No conozco el loable objetivo
que merezca tan cruel sacrificio
y, a diario, me pregunto
cuál es el extraño virus
que ataca sin piedad
al gobernante, al dirigente
cuando es seducido por el poder.
¿Qué ocurre con tu conciencia?
Tal vez la mantengas vilmente engañada
o, acaso es ella la que te arrastra
a creer que sabes más que los demás,
que estás en posición de definir
lo que es justo y lo que no.
Quizás te sientas incomprendido,
pero aceptas con resignación
tu elevado destino,
la misión para la que has sido enviado,
designado por el divino e infalible
dedo de la providencia.
Pronto entiendes que la única forma
de conducir al rebaño es,
mediante la imposición de tus ideas.
¿En qué momento olvidaste
que estás al servicio de millones de ciudadanos,
más fieles que tú a la democracia,
que depositaron en una urna
un voto, una ilusión y una esperanza,
para decidir que es el país
el que está a tu servicio?
Quisiera saber el preciso instante
en el que aprendiste que nuestra felicidad
la debemos encontrar
enganchándonos a unas máquinas y
producir, producir, producir
para después
consumir, consumir, consumir,
y encima tienes la poca vergüenza
de llamarlo libertad.
Pero en cuatro años,
-defectos de la democracia, piensas-
deberás pasar, de nuevo,
por el examen de las urnas
y volverás a desempolvar
el traje de ser humano
y entrarás en los mercados,
rodeado de disimulados agentes de seguridad,
y pasearás en bicicleta por las calles,
te desplazarás en transporte público,
besarás y llenarás de babas
a nuestros niños,
que te miran desconfiados,
algunos llorando,
-es que los niños saben-
y enseñarás tu precisa y blanca sonrisa
de derecha a izquierda,
o mejor, solo a derecha
que es tu lado bueno.
Como entiendes que esto no es suficiente
reunirás a tu equipo de tecnócratas asesores
que te recomendarán, previo pago
y sin sentimiento de culpa,
que empieces a manipular la realidad,
a fomentar el miedo a los cambios,
a meter el dedo en la llaga
que provoca el más enfermizo
y paranoico conservadurismo,
para finalmente postularte como referente,
como el salvador de los valores tradicionales.
Además lo harás convencido
de que todo es por nuestro bien,
que lo mejor para el mundo es que
tú seas presidente.
Te acuestas lamentando
que el cargo de Dios,
no se elija en votación popular.